Centro de Atención a la Familia Orientaciones para un buen divorcio El divorcio es algo más que un proceso legal Toda ruptura familiar conlleva además de un proceso legal, un proceso emocional, personal y psicológico que viven tanto los adultos como los hijos de la pareja. El juez y los abogados sólo le resolverán las cuestiones legales, pero no las emocionales y afectivas. Ese proceso emocional no acaba con el dictado de la sentencia pues necesita un tiempo para ser superado, siendo frecuente que tras el proceso judicial surjan episodios de tensión entre adultos y de estos con los hijos. El problema no es el divorcio, sino el "mal divorcio" La ruptura de la relación entre la pareja no debería ser perjudicial para los hijos. Es la mala manera de desarrollar esa ruptura de pareja lo que acarrea consecuencias negativas en los niños. Los hijos pueden superar la situación si sus progenitores cooperan entre sí para llevarla a cabo de forma no traumática. De común acuerdo todos ganan Las rupturas familiares en las que no existe acuerdo se centran en las críticas mutuas y aumentan las tensiones entre los progenitores y demás miembros del núcleo familiar, pues se basan en la búsqueda de un culpable. En cambio, las rupturas de mutuo acuerdo favorecen el clima de diálogo entre los progenitores y generan un ambiente más favorable a las relaciones de los hijos con estos, pues miran al futuro, facilitando que cada uno asuma mejor su nueva situación. Se separan los padres, no los hijos La separación, el divorcio o la ruptura de una pareja de hecho supone la desaparición de un vínculo entre los adultos, iniciándose otro tipo de relación familiar entre padres-madres e hijos. Procure que sus hijos mantengan una buena relación con el otro progenitor.
Ambos progenitores, a ser posible conjuntamente, deben explicar a sus hijos, de manera que puedan entenderlo, que se van a separar o divorciar. Esta información debe transmitirse en un clima de coherencia, confianza y cariño, pero sin alentar expectativas de reconciliación. Deben asegurar a sus hijos que seguirán siendo queridos (evitar sentimiento de abandono), que no son culpables de nada (evitar sentimiento de culpa) y que ambos progenitores van a seguir ocupándose de sus vidas. Los hijos no son propiedad exclusiva del padre o de la madre Aunque se haya conferido la guarda y custodia de los menores a uno solo de los progenitores, ambos continúan siendo imprescindibles para el crecimiento y maduración de los hijos y la ausencia de cualquiera de ellos supone la falta de un soporte afectivo fundamental para su desarrollo. Las actitudes de posesión sobre los hijos que excluyen al otro progenitor perjudican gravemente a los menores. Han de evitarse también actitudes que impliquen despreciar, minusvalorar o desautorizar al otro progenitor. El divorcio no pone fin a las obligaciones compartidas respecto a los hijos Tras el divorcio el padre y la madre deben seguir manteniendo un diálogo lo más fluido posible sobre todas las cuestiones que afectan a los hijos. El cuidado diario de los menores requiere una organización y distribución de tiempo y aunque el ejercicio de la guardia y custodia lo lleve a cabo principalmente uno de los progenitores, ambos continúan siendo responsables al compartir la patria potestad. Ello significa que como progenitores tienen la obligación de consultarse y comunicarse de manera honesta, fluida, abierta y regular las decisiones importantes en relación con la educación, desarrollo físico, intelectual y afectivo-emocional de sus hijos. Deben evitarse las discrepancias y contradicciones educativas para evitar chantajes emocionales, alianza y manipulaciones de los hijos. Lo importante es la calidad de la relación con los hijos La relación de los hijos con el progenitor con el que no conviven habitualmente ha de ser periódica, constante y gratificante. Es un derecho de su hijo. La obstaculización, interrupción e inconstancia en el régimen de relaciones repercute negativamente en la estabilidad emocional de los hijos y les genera perjuicios psicológicos. No utilizar a los hijos Aunque la relación de los adultos o su ruptura haya sido extremadamente dificultosa a nivel emocional se debe dar prioridad a las necesidades de los hijos. No utilice a sus hijos en el conflicto que les pueda enfrentar con su cónyuge o conviviente, ni canalice a través de los menores las tensiones que su ruptura genere en usted. Facilitar la adaptación del menor a las nuevas parejas Es frecuente que tras la ruptura uno o ambos progenitores rehagan su vida sentimental con otra persona. La introducción de esa tercera persona en la vida de los hijos ha de hacerse con tacto, y progresivamente, a ser posible cuando la relación esté suficientemente consolidada. Debe dejarse claro al niño que ello no supone renunciar a su padre o madre. Información a los padres que se van a separar Los hijos reaccionan frente a la separación de los padres con temor, sensación de pérdida y tristeza, van a recordar con frecuencia lo que hacían con sus padres antes de la ruptura, y van a tener la sensación persistente de que la pérdida no es definitiva. La separación de los padres puede dejar secuelas en los hijos que dificulten su desarrollo normal y su proceso de crecimiento. La relación padre-hijo corre peligro de deteriorarse después de la separación tanto para los padres que tienen la custodia como para los que no la tienen. Los hijos pueden sufrir importantes problemas de adaptación cuando los conflictos entre los padres se perpetúan o se agravan después de la separación. Los hijos se preocuparán por el bienestar de sus padres y extrañarán al padre, temen no volver a verlo. Los niños se sienten mejor si en sus vidas hay rutina y estabilidad. De ahí que los cambios asociados a la separación de los padres producen en los menores un sentimiento de inseguridad e incertidumbre. Ante la separación los hijos se sentirán incapaces de influir en un acontecimiento tan importante en su vida. Tras la separación, los niños a menudo ponen a prueba los límites establecidos por los padres aprovechando la deficiente comunicación entre éstos y la alta posibilidad de enfrentarlos entre sí. Cuando los niños se ven involucrados en los conflictos de los padres pueden sentir la necesidad de detenerlos, hacer de árbitros o verse forzados a tomar parte por uno de ellos, lo cual les hará vivir un conflicto de lealtades y sentirán que traicionan al otro. Son especialmente perjudiciales para los niños las disputas entre los padres sobre temas relacionados con ellos. Constituye una experiencia muy difícil para un niño el “encontrarse en medio” de los padres cuando éstos los utilizan como mensajeros o espías. Cuando los padres usan a los hijos como aliados intentando que se pongan de parte de uno se les crea un conflicto al hacerle elegir entre dos personas a las que quieren. Poner límites a los hijos sobre lo que pueden contar al otro padre, o hacerle mantener secretos frente al mismo, resulta muy estresante para estos, pues lo viven como una forma de involucrarse en los problemas de los padres. Uno de los sucesos que más tensión genera en los niños es cuando se da cuenta que un padre critica o dice cosas malas del otro con el propósito de indisponer a los menores con éste, o cuando uno de los progenitores interfiere en la relación del otro con los hijos con el propósito de castigarlo. A ciertas edades los hijos pueden pensar que los padres los van a abandonar, pueden sentirse culpables de la separación de éstos, o pensar que los padres se separan intencionadamente con el deseo de perjudicarles. Los hijos se sienten inseguros y preocupados por el futuro cuando los padres les abruman con los problemas que se derivan de la separación y cuando los ven alterados emocionalmente. Los hijos se sentirán mal si uno de los cónyuges los compara con el otro cónyuge en sus comportamientos negativos. Si las conversaciones que mantienen los padres separados acaban siempre en disputas, los hijos se sentirán angustiados cada vez que sus padres se vean. Cuando el padre no custodio es impuntual en las visitas a los hijos, o renuncia a las mismas, éstos pueden sentir que ese padre no los quiere o que no se preocupa por ellos. La marcha de uno de los padres a otro lugar supone para los hijos la pérdida importante de recursos personales y económicos. Cada uno de los padres debe de preguntarse qué desea para el futuro de sus hijos, y después preguntarse cómo creen que deben ser las relaciones entre los padres tras la separación para que sus hijos logren los objetivos que desean para ellos. Los padres en proceso de separación pueden experimentar ansiedad o depresión, lo que va a provocar que estén poco disponibles o agotados emocionalmente para los hijos. Ello puede dar lugar a que se deterioren las prácticas de crianza, que sean inconsistentes las estrategias de disciplina, que existan problemas de comunicación, que tengan menos capacidad para responder a las necesidades emocionales de los hijos y que sean incapaces de mostrarse afectuosos y sensibles con ellos, todo lo cual puede a su vez ser interpretado por los hijos como abandono, desamparo y rechazo. Cuando uno solo de los padres queda al cuidado de los hijos, sentirá estrés y fatiga. Ello puede dar lugar a que se muestre menos paciente con los menores, tenga dificultad en ver las cosas de forma objetiva, reaccione de forma excesiva en determinadas situaciones y supervise de manera menos eficaz las actividades de sus hijos. Los miembros de la familia van a sufrir un descenso en los recursos económicos que habrán de repartirse entre dos familias, lo que hará las circunstancias de la vida más difíciles para todos. Pautas de ayuda de los padres en proceso de separación a los hijos El padre que quede al cuidado de los hijos debe tener la capacidad de mantener un control y una disciplina eficace durante la transición a la separación, mantenerse firme a la hora de sostener las normas, y supervisar las actividades de los hijos y su rendimiento en el colegio. Ambos cónyuges deben unificar los criterios en cuanto a la aplicación de estrategias y normas de disciplina que sean eficaces, y prácticas de crianza consistentes, dentro de unas relaciones caracterizadas por la cooperación, la flexibilidad, el apoyo y la buena comunicación. Los cónyuges deben compartir la responsabilidad de los hijos, tomar de forma conjunta las decisiones que afecten a cuestiones importantes en relación con éstos y contribuir al proceso de maduración de los mismos. Los cónyuges deben reducir al mínimo los conflictos entre ellos, no discutir delante de los hijos, y no inmiscuir a éstos en sus desavenencias de forma que no se sientan atrapados ni formen alianzas en un proceso de triangulación. En los asuntos que traten los padres deberán intentar centrarse siempre en lo que sea más beneficioso para sus hijos y no en las posiciones de cada uno. Cada padre deberá informar al otro, mediante una comunicación eficaz y respetuosa, sobre todos los aspectos de la vida de los hijos y, en concreto, sobre sus actividades, asuntos del colegio, temas médicos y todo lo que esté relacionado con su actitud y disciplina. Cada padre debe facilitar y propiciar la relación de su excónyuge con los hijos que pueda mantener con éstos una relación consistente, y aceptar y estimular el amor hijos por el otro. Los padres no deben expresar sentimientos respecto al otro padre en presencia de los hijos, ni emitir juicios o críticas, sino al contrario preservar ante ellos una buena imagen del mismo. Para que los hijos se adapten bien a la separación de los padres es esencial una buena relación padre/madre-hijo. Para ello, ambos cónyuges deben procurar apoyar a los hijos, atender a sus necesidades emocionales, mostrándose afectuosos y sensibles y dedicarles el tiempo necesario. Además, debe haber disciplina y límites adecuados, cuidado y respeto mutuo. Los padres no deben utilizar a los hijos para enviar mensajes al otro, ni deben interrogarlos sobre la vida personal del excónyuge, ni sobre el tiempo que pasa con éste. Los padres deben evitar reclamar a los hijos apoyo afectivo o que desempeñen un papel distinto al de hijo, como el de aliado, amigo, consejero o confidente, porque éstos se sentirán responsables de los padres. Tampoco deben exponerlos a las preocupaciones que se derivan de una separación. Los padres no deben limitar lo que los hijos puedan contar al otro cónyuge o pedirle que guarde secretos frente al otro. Los hijos deben saber que no está mal hablar de lo que ocurre en la otra casa. Los padres no deberán comparar negativamente a sus hijos con el otro cónyuge, ni directa ni indirectamente. Los padres deberán mantener en lo posible el contexto y las condiciones básicas de la vida de los hijos anteriores a la ruptura, minimizando en lo posible los cambios. Los padres deberán tener en cuenta los deseos de los hijos e intentar no separar a los hermanos a la hora de establecer quién quedará al cuidado de los mismos. Tras la separación, los padres deben crear una nueva relación entre ellos centrada en la crianza correcta de los hijos, estableciendo límites respecto a la intimidad personal de cada uno y negociando la autoridad para tomar decisiones respecto a los hijos. Los padres deben hacer frente a las expectativas poco realistas de los hijos, normalizando la nueva forma de relacionarse con el otro padre/madre, y evitar relacionarse sentimentalmente después de la ruptura, ya que esa conducta podría alimentar en éstos la ilusión de la reconciliación de los padres. Los padres deberán animar a los hijos a relacionarse con el resto de la familia, sobre todo con los abuelos. Los padres no deben renunciar a salir con otras personas tras la separación, aunque a veces los hijos se disgusten por ello. Los padres deben ser un buen ejemplo para los hijos de cómo afrontar la separación de forma eficaz y evitar transmitir a éstos sentimientos de preocupación o ansiedad por el futuro. La separación también constituye una oportunidad para mejorar la vida de todos. Es esencial que los padres tengan una actitud mental positiva al iniciar esa nueva etapa de su vida y sepan dejar atrás el pasado. Lo que los hijos deben saber sobre la separación de los padres Los hijos deben ser los primeros en conocer la separación de los padres y ser informados por éstos, adecuando la información a la edad y características del niño. La decisión debe ser comunicada con antelación suficiente para que se hagan a la idea y siempre después de meditarlo mucho. Deberán explicar en qué consiste la separación y sus consecuencias, informándoles sobre con quién van a vivir, los cambios relativos a la vivienda, al colegio y al trabajo de los padres. Además, deberán saber cuándo estarán con cada padre, durante cuánto tiempo, cuándo y dónde se hará el cambio. Los hijos deben saber que ellos no son los responsables de la separación de sus padres, que no se divorcian por su mala conducta y que no pueden recomponer el matrimonio de sus padres aunque se porten muy bien. Deben saber que la separación de los padres se ha debido a las dificultades que tuvieron éstos y que no pudieron superar y que la decisión tomada es la mejor para todos. No eran felices y no quieren vivir juntos. Deben saber que no hubo un culpable de la separación, que no hay "buenos" ni "malos" y que no se consigue nada buscando un "culpable". Deben comprender que también los adultos pueden cometen errores. Los hijos deben saber que sus padres no quieren herirlos con la separación, ni causarles ningún sufrimiento, aunque no puedan evitar los sentimientos de tristeza. Los hijos deben saber que no pierden a ninguno de los padres y que, aunque no vivirán juntos, los seguirán viendo, que los seguirán protegiendo y queriéndolos. Los hijos no deben sentir vergüenza de sus sentimientos negativos y los padres deberán ayudarles a expresarlos, al igual que los padres deben expresar los suyos. No obstante, es importante que los padres eviten ofrecer información con una fuerte carga emocional. Los padres deben ayudar a los hijos a no esperar su reconciliación, sino a centrarse en su nueva situación y a disfrutar de ella en lo posible. Si uno de los progenitores se ve obligado a trabajar como consecuencia de la ruptura cuando antes no lo hacía, los hijos deberán saber que eso no significa que los quieran menos, sino que lo hacen por el bien de todos. Los padres deberán informar a los hijos sobre las nuevas relaciones de pareja que estén consolidadas, explicándoles que eso no significa que los quieran menos ni que ésta sea sustituto del otro padre/madre. Los padres deben ayudar a los hijos a no sentirse "raros" o "malos" por ser hijos de padres separados e informarles de que hay muchos niños cuyos padres también se han separado. |
|||||